Comunicación y Oratoria: Identidad, construcción de la realidad y expresión profesional
Lucía Castelló.
Introducción
La comunicación humana constituye un fenómeno complejo que trasciende la mera transmisión de información. En el ámbito profesional, comunicar implica no solo expresar contenidos, sino también poner en juego una identidad, un posicionamiento y una historia. En este sentido, la oratoria no puede ser entendida únicamente como una técnica instrumental, sino como una práctica situada que articula dimensiones cognitivas, sociales y simbólicas.
Tal como se plantea en el enfoque del curso, “lo que somos comunica” . Esta afirmación condensa una premisa fundamental: todo acto comunicativo está atravesado por la construcción subjetiva del individuo, su historia personal y los procesos de socialización que han configurado su manera de percibir el mundo.
En este marco, el presente desarrollo propone articular aportes de la sociología del conocimiento, la psicología social y la administración para comprender cómo se construye la identidad del sujeto y de qué modo esta se expresa —muchas veces de forma inconsciente— en prácticas comunicacionales.
Identidad, historia y discurso
Los individuos son el resultado de una interacción compleja entre factores biológicos y ambientales. Desde una perspectiva contemporánea, no es posible comprender la identidad humana únicamente desde lo social ni exclusivamente desde lo genético, sino a partir de la articulación dinámica entre ambas dimensiones.
Los aspectos genéticos constituyen una base estructural sobre la cual se desarrolla la experiencia humana. Estos no solo determinan características físicas visibles, sino también predisposiciones vinculadas al temperamento, la reactividad emocional, la capacidad de regulación y ciertos patrones de respuesta frente al entorno. Es decir, los individuos no parten de un “punto cero”, sino que nacen con una configuración biológica que condiciona —aunque no determina de manera absoluta— la forma en que perciben, procesan y responden a la realidad.
Sin embargo, esta base biológica se encuentra en permanente interacción con el ambiente. Tal como señalan los desarrollos en psicología y neurociencia, las predisposiciones genéticas se expresan, modulan o inhiben en función de las experiencias vividas. En este sentido, el entorno social cumple un rol decisivo en la configuración de la identidad, ya que es a través de la interacción con otros que los sujetos aprenden a interpretar el mundo, a significar sus emociones y a construir patrones de comportamiento.
De este modo, la identidad no puede entenderse como un atributo fijo, sino como un proceso en constante construcción. Las experiencias, los vínculos, los contextos y los aprendizajes van moldeando progresivamente la manera en que una persona piensa, siente y actúa. En este proceso, se consolidan creencias, esquemas de interpretación y modos de vinculación que luego se expresan en la vida cotidiana, muchas veces de forma automática o no consciente.
Desde esta perspectiva, la historia personal adquiere un lugar central. No se trata únicamente de una secuencia de acontecimientos pasados, sino de un entramado de significados que organiza la experiencia del sujeto. Cada vivencia —tanto las que habilitan como las que limitan— deja una huella que influye en la manera en que la persona se posiciona frente a los demás y frente a sí misma.
En el plano comunicacional, esto implica que el discurso, cuando se realiza a repetición, no puede ser entendido como una producción aislada o puramente racional. Por el contrario, constituye una síntesis de la trayectoria del sujeto. La forma en que una persona habla, se expresa y se presenta frente a otros está atravesada por su historia, sus creencias y sus experiencias previas, las cuales se manifiestan no solo en el contenido verbal, sino también en dimensiones paraverbales y no verbales como el tono de voz, la postura corporal y la gestualidad.
En este sentido, la comunicación no es únicamente un acto cognitivo, sino también un proceso profundamente emocional y simbólico. Las experiencias vividas pueden habilitar la expresión —generando seguridad, claridad y presencia— o, por el contrario, pueden limitarla, produciendo inhibición, inseguridad o dificultades para sostener un mensaje.
Por ello, uno de los desafíos centrales en la formación en oratoria consiste en desarrollar conciencia sobre estos condicionantes. No se trata de negar la propia historia ni de intentar “corregirla”, sino de reconocerla, comprenderla e integrarla de manera consciente en el discurso. Solo a partir de este proceso es posible construir una comunicación que no solo sea técnicamente correcta, sino también auténtica y coherente.
En este marco, el discurso emerge como una expresión indirecta de la identidad. Incluso cuando el contenido ha sido cuidadosamente preparado, el modo en que se comunica revela aspectos más profundos del sujeto que exceden la palabra escrita. Así, la oratoria se configura como un espacio privilegiado donde la historia personal, la identidad y la construcción subjetiva se hacen visibles en acto.
La construcción social de la realidad
Uno de los aportes más significativos para comprender la relación entre identidad y comunicación es el desarrollado por Berger y Luckmann (1968), quienes sostienen que la realidad no es un dato objetivo, sino una construcción social. Desde esta perspectiva, los individuos no acceden directamente a una realidad “neutral”, sino que interpretan el mundo a partir de significados previamente construidos y compartidos socialmente.
La vida cotidiana se presenta como una realidad intersubjetiva, es decir, como un entramado de sentidos que se consolidan a través de la interacción social. En este proceso, los sujetos internalizan normas, valores y esquemas de interpretación que luego reproducen en su accionar cotidiano. La realidad se instituye mediante procesos de institucionalización y legitimación, que permiten que ciertos significados sean percibidos como naturales e incuestionables. Un ejemplo de ello puede observarse en las concepciones del rol de la mujer en distintas sociedades y culturas religiosas.
En este marco, Berger y Luckmann (1968) desarrollan el concepto de internalización, a través del cual el individuo incorpora el mundo social como una realidad propia. Este proceso implica que los significados sociales no solo son aprendidos, sino que pasan a formar parte de la estructura subjetiva del individuo, configurando su identidad.
Desde una perspectiva complementaria, los aportes de la neurociencia permiten comprender que este proceso de construcción identitaria no es únicamente simbólico, sino también biológico. Tal como señala Cervino (2016), la identidad se desarrolla como parte de la actividad mental y es producto del funcionamiento de las redes neuronales, configurándose en la interacción con otros y apoyándose en procesos como la autoconciencia, el lenguaje y las funciones ejecutivas cerebrales . En este sentido, la identidad no solo se construye socialmente, sino que se consolida a nivel neurocognitivo a partir de la experiencia.
Esta doble dimensión —social y biológica— permite comprender que el “otro” no permanece únicamente en el plano externo, sino que es interiorizado como parte constitutiva del propio sujeto. De este modo, muchas de las expresiones emocionales y conductuales no se dirigen exclusivamente a la vivencia individual, sino también a ese “otro” social internalizado. Incluso manifestaciones aparentemente íntimas, como el llanto, pueden ser interpretadas como formas de expresión que responden a marcos culturales y sociales previamente incorporados, más que como reacciones puramente individuales.
Por ello, la comunicación no puede pensarse como un acto neutro. Cada discurso está cargado de significados que no son puramente individuales, sino socialmente producidos y biológicamente integrados. Cuando una persona habla, no solo transmite información, sino que reproduce —y eventualmente cuestiona— los marcos simbólicos en los que ha sido socializada y que han sido incorporados en su propia estructura cognitiva.
Socialización primaria y secundaria: la configuración del sujeto
Para comprender cómo se construyen estos marcos de sentido, resulta fundamental analizar los procesos de socialización que desarrollan Berger y Luckmann (1968). Si bien la noción de socialización ha sido trabajada por diversos autores, la distinción entre socialización primaria y secundaria permite comprender con claridad cómo se configura la identidad del sujeto.
La socialización primaria refiere a los procesos iniciales de incorporación de normas, valores y significados, generalmente en el ámbito familiar. En esta etapa, el individuo no solo aprende a interactuar con otros, sino que construye las bases de su identidad. La familia constituye el “círculo íntimo de crianza”, donde se adquieren hábitos, formas de vinculación y modelos de comportamiento.
Esta etapa resulta particularmente relevante porque los aprendizajes adquiridos en ella tienden a naturalizarse. Es decir, el sujeto no los percibe como construcciones sociales, sino como formas “correctas” o “normales” de actuar. De este modo, se configuran disposiciones duraderas que orientan la conducta futura. Nuestra forma de hablar, de respetar límites, higienizarse, alimentarse y más… Son todos hábitos que construimos en esta etapa.
Pensemos juntos para intentar comprender estos conceptos: ¿Qué hábitos detectas en las personas con las que te criaste? ¿Las llamas por su nombre? ¿Les decis mamá y papá? ¿Qué configuración tienen esos roles para vos? ¿La mamá hace la comida? ¿O la hace el papá? ¿El papá pone límites?
El simple hecho de convivir en una casa y nombrar a las personas que nos gestaron o que nos cuidan como “mamá y papá” reside en una institucionalización del rol de la familia. E incluso hay una autoridad y un respeto en ese nombramiento. Podríamos pensar en un adolescente enojado con su madre nombrándola por su nombre “Stella”. Y ese simple hecho puede ser tomado como un acto de rebeldía o incluso una forma de lastimar a esa madre. Y tal vez, solo tal vez, el adolescente considere que es un nombre lindo y debería usarse.
Por su parte, la socialización secundaria implica la incorporación del individuo a nuevos ámbitos sociales, como la escuela, el trabajo o las instituciones. En esta instancia, el sujeto adquiere roles específicos y aprende a adaptarse a distintos contextos. Se trata de un proceso más consciente y reflexivo, donde el individuo puede tensionar —aunque no siempre modificar— los aprendizajes previos. Las famosas expresiones de los niños que vuelven del colegio para decirnos “Mamá, tenemos que empezar a reciclar porque sino dañamos al planeta”, “Mi maestra dice que si no reciclamos somos irresponsables”, entre otros aprendizajes que llegan de la cuna científica, pasan por las escuelas y se cuelan en los hábitos de la institución de la familia, generando así la evolución social que necesitamos para seguir aprendiendo y adaptándonos a los nuevos descubrimientos y nuevas realidades construidas (idealmente hablando).
En términos comunicacionales, esto implica que cada persona habla desde múltiples registros internalizados. No existe una única forma de comunicarse, sino una multiplicidad de estilos que emergen según el contexto y los roles asumidos.
Bases neurocognitivas de la comunicación y la construcción del sí mismo
El análisis de la comunicación humana requiere trascender su dimensión estrictamente lingüística para incorporar los aportes de la neurociencia, en tanto estos permiten comprender cómo los procesos mentales, emocionales y corporales se integran en la producción del discurso. En este sentido, la comunicación no es únicamente un acto intencional, sino la manifestación de una organización neurobiológica en constante interacción con la experiencia.
Tal como plantea Damasio, la mente no constituye una entidad separada del cuerpo, sino que emerge de la actividad cerebral en estrecha relación con los estados del organismo (Damasio, 2000). En su desarrollo sobre la “creación cerebral de la mente”, el autor sostiene que los procesos mentales corresponden a procesos biológicos que, aunque aún no comprendidos en su totalidad, poseen una base material concreta en la actividad neuronal . Esta afirmación permite superar la dicotomía clásica entre mente y cuerpo, posicionando a la experiencia subjetiva como resultado de procesos fisiológicos complejos.
Desde esta perspectiva, el cerebro no opera en función de la distinción entre verdad y ficción, sino en función de la activación de patrones sensoriales, emocionales y corporales. En consecuencia, las experiencias evocadas, imaginadas o representadas pueden generar respuestas neurobiológicas similares a aquellas producidas por situaciones externas efectivamente vividas (Blair, 2008; Damasio, 1999). Este fenómeno resulta particularmente relevante en contextos como la actuación, la visualización o la anticipación emocional, donde la experiencia no requiere un correlato externo para producir efectos internos genuinos. En otras palabras, el miedo y la ansiedad a que algo ocurra, aunque no haya sucedido puede ocasionar una desregulación emocional tal que desemboque en un ataque de pánico: El cuerpo siente una amenaza inminente que no logra procesar, causando una sensación de ahogo, transpiración fría, ritmo cardíaco acelerado, entre otros síntomas.
En línea con lo anterior, Damasio (2000) señala que el cerebro construye una suerte de “película” integrada a partir de múltiples estímulos sensoriales, en la cual el sentido del yo emerge como una representación del organismo interactuando con el entorno. Esta concepción implica que la experiencia subjetiva no es una abstracción, sino un proceso dinámico de representación biológica en el que el sujeto se reconoce como protagonista de su propia vivencia.
A su vez, los desarrollos en neurociencia han demostrado que el cerebro posee una notable capacidad de plasticidad. Esto implica que las experiencias, los pensamientos y las conductas repetidas generan modificaciones en las conexiones neuronales, consolidando patrones de funcionamiento relativamente estables. En particular, los procesos de aprendizaje y memoria involucran cambios sinápticos mediados por la síntesis de nuevas proteínas, lo que permite fijar y estabilizar determinados circuitos neuronales (Kandel, 2006; Damasio, 2000) .
En este sentido, la manera en que una persona piensa, se percibe y se comporta no solo refleja su historia previa, sino que contribuye activamente a reconfigurar su estructura neurocognitiva. La repetición de determinados patrones —ya sean cognitivos, emocionales o conductuales— tiende a consolidarse biológicamente, facilitando su reproducción futura. Esto permite comprender por qué la práctica sostenida de nuevas formas de acción puede derivar en transformaciones duraderas en la identidad del sujeto.
Desde esta perspectiva, afirmaciones como “actuar como si” o “ensayar una identidad” encuentran un fundamento neurocognitivo. La repetición de conductas, incluso cuando inicialmente no se corresponden con una identidad plenamente consolidada, puede favorecer la internalización de nuevos esquemas de pensamiento y acción. Sin embargo, este proceso no es neutro ni carente de implicancias. Tal como se observa en el campo de la actuación, la representación sostenida de estados emocionales implica la activación de circuitos neuronales asociados a dichas emociones, lo que puede derivar en efectos reales sobre el organismo (Blair, 2008).
Esto permite comprender que el cerebro no “simula” sin consecuencias. Por el contrario, responde a la experiencia —aun cuando esta sea construida— en términos de vivencia corporal. La activación reiterada de estados emocionales como el estrés, la angustia o el enojo puede generar huellas fisiológicas que no se disipan automáticamente al finalizar la situación que las originó.
En este punto, resulta pertinente retomar el concepto de disonancia cognitiva (Festinger, 1957) desde una perspectiva ampliada. La disonancia no solo implica un conflicto entre creencias y conductas, sino también una falta de coherencia entre los distintos niveles del funcionamiento humano: cognitivo, emocional y corporal. Cuando una persona sostiene un discurso que no se corresponde con su experiencia interna, esta incoherencia se manifiesta no solo en el plano psicológico, sino también en la expresión corporal y vocal.
En términos comunicacionales, esto implica que la credibilidad no depende exclusivamente del contenido verbal, sino del grado de alineación entre lo que el sujeto piensa, siente y expresa. El cuerpo, en tanto sistema integrado de procesamiento, comunica aquello que la palabra no logra sostener.
Asimismo, estos procesos se vinculan con fenómenos que serán desarrollados en instancias posteriores, como la empatía y el funcionamiento de las neuronas espejo, que permiten comprender cómo los estados emocionales se transmiten y se comparten en la interacción social. La comunicación, en este sentido, no es un proceso individual, sino relacional, donde los estados internos del sujeto impactan directamente en los otros.
En síntesis, la comunicación efectiva no puede reducirse a la adquisición de técnicas discursivas. Requiere un trabajo profundo sobre la coherencia interna del sujeto, su autopercepción y su capacidad de sostener una identidad alineada con su discurso. La forma en que una persona se piensa a sí misma, se habla internamente y se posiciona frente al mundo constituye la base neurocognitiva sobre la cual se construye su capacidad de comunicar con claridad, impacto y autenticidad.
Identidad profesional: una construcción deliberada
En la adultez, y particularmente en el ámbito profesional, emerge una pregunta fundamental: ¿quién quiero ser?
Este interrogante implica un desplazamiento respecto de la socialización previa. Mientras que en etapas anteriores el sujeto incorpora roles de manera relativamente pasiva, en la adultez se abre la posibilidad de construir una identidad de forma más deliberada.
En este sentido, los aportes de Chiavenato (2019) resultan particularmente útiles. Si bien el autor desarrolla los conceptos de misión, visión y valores en el ámbito organizacional, estos pueden ser trasladados al plano individual como herramientas de reflexión identitaria.
La misión refiere al propósito actual del sujeto, es decir, a aquello que aporta en su contexto. La visión, por su parte, proyecta una imagen futura, orientando el desarrollo profesional. Finalmente, los valores constituyen el marco ético que guía la acción.
Aplicados al individuo, estos conceptos permiten construir una identidad profesional coherente. Tal como se propone en la actividad del curso (foro 1), el estudiante es invitado a reflexionar sobre qué quiere aportar, cómo quiere ser recordado y qué valores representa. Preguntas profundas en constante cambio que transitamos como personas. Se los invita a tomar consciencia y elegir hoy, en este curso, cómo quieren presentarse para construir un sentido discursivo para todas las producciones prácticas que iremos desarrollando a lo largo de este espacio académico.
Esta construcción no es menor en términos comunicacionales. Cuando un profesional no tiene claridad sobre su identidad, su discurso tiende a ser difuso, contradictorio o carente de impacto. Y aunque cierto, también es necesario reconocernos como un producto en constantes procesos de mejora en términos de adaptación a los entornos que habitamos (ya sea por elección o porque nos sean dados).
La oratoria como puesta en escena
La idea de la comunicación como puesta en escena permite integrar los conceptos desarrollados hasta el momento. En cada situación comunicativa, el sujeto no solo transmite información, sino que interpreta un rol frente a un público.
Este enfoque se vincula con la perspectiva de Berger y Luckmann, quienes plantean que la vida social implica una constante representación de roles. En este sentido, la comunicación puede entenderse como una práctica performativa, donde el sujeto actúa en función de expectativas sociales.
Esto no implica necesariamente una falta de autenticidad. Por el contrario, toda interacción social requiere cierto grado de adaptación al contexto. Sin embargo, cuando esta adaptación no está sostenida por una identidad clara, puede generar incoherencias.
En este punto, resulta pertinente formular una pregunta provocadora: ¿expresamos lo que sentimos, o lo que creemos que debemos expresar?
La respuesta a este interrogante permite comprender que la comunicación está atravesada por la presencia de un “otro” internalizado. Incluso en ausencia de un público concreto, el sujeto se dirige a interlocutores simbólicos que condicionan su discurso. “No puedo estar sintiéndome así ¿Qué pensaría x persona?” “Siento algo que no debería” “No merezco esto”
Conclusión: identidad, coherencia y práctica comunicacional
El recorrido desarrollado a lo largo de este primer apunte permite sostener que la comunicación no constituye un acto aislado ni una habilidad meramente técnica, sino una práctica compleja que articula dimensiones sociales, históricas, cognitivas y biológicas. En este sentido, comunicar implica siempre mucho más que transmitir información: implica poner en juego una identidad.
Como ya hemos visto, la realidad en la que los individuos se desenvuelven no es un dato objetivo, sino una construcción social que se internaliza a través de los procesos de socialización. Estos procesos, que comienzan en la socialización primaria y se complejizan en la socialización secundaria, configuran los marcos de sentido desde los cuales los sujetos interpretan el mundo y actúan en él. En consecuencia, toda práctica comunicacional se encuentra inevitablemente atravesada por estos marcos, aun cuando el sujeto no sea plenamente consciente de ello.
Desde esta perspectiva, el discurso no puede ser comprendido como una producción puramente racional o voluntaria. Por el contrario, constituye una síntesis de la historia personal, los aprendizajes internalizados y las disposiciones adquiridas a lo largo de la trayectoria del sujeto. Tal como se ha desarrollado, la forma en que una persona habla, se posiciona y se expresa refleja no solo lo que sabe, sino también lo que ha vivido y cómo ha aprendido a interpretar su experiencia .
En este punto, la noción de identidad profesional adquiere un lugar central. Si bien los procesos de socialización configuran una base relativamente estable, la adultez habilita la posibilidad de construir de manera más deliberada quién se quiere ser en el ámbito profesional. Los aportes de Chiavenato (2019) permiten comprender que esta construcción no es azarosa, sino que puede organizarse en torno a nociones como misión, visión y valores, trasladadas del plano organizacional al plano individual.
Sin embargo, esta construcción identitaria no se sostiene únicamente en el plano declarativo. Tal como advierte la teoría de la disonancia cognitiva (Festinger, 1957), los individuos tienden a buscar coherencia entre lo que piensan, sienten y hacen. Cuando esta coherencia se ve alterada, emergen tensiones que no solo afectan la experiencia subjetiva, sino que también impactan en la forma en que el sujeto se comunica.
Los aportes de la neurociencia permiten profundizar esta comprensión. Tal como plantea Damasio (2000), la mente emerge de la actividad cerebral en estrecha relación con los estados del cuerpo, lo que implica que no existe una separación real entre emoción, cognición y acción. En consecuencia, la comunicación no puede ser reducida a un fenómeno lingüístico, sino que debe ser entendida como la expresión de un sistema integrado en el que el cuerpo, la emoción y el pensamiento operan de manera conjunta .
Asimismo, la evidencia sobre plasticidad neuronal muestra que la experiencia repetida modifica las conexiones sinápticas, consolidando patrones de pensamiento y comportamiento (Kandel, 2006). Esto implica que la forma en que una persona se piensa a sí misma y actúa en el mundo no solo refleja su historia, sino que contribuye activamente a reconfigurar su identidad. En este sentido, la comunicación no solo expresa quién se es, sino que también participa en el proceso de devenir.
Este punto resulta particularmente relevante en el marco de la oratoria. La exposición frente a otros no constituye únicamente un acto de transmisión de contenidos, sino una instancia en la que el sujeto pone en escena su identidad. Tal como se ha desarrollado, la comunicación puede entenderse como una práctica performativa, en la que el individuo actúa dentro de determinados marcos sociales, respondiendo a expectativas explícitas e implícitas (Berger & Luckmann, 1968).
Sin embargo, esta puesta en escena no es neutra. Cuando existe coherencia entre la identidad del sujeto y su discurso, la comunicación adquiere claridad, solidez e impacto. Por el contrario, cuando se produce una disociación entre lo que se dice y lo que se experimenta internamente, dicha incoherencia se manifiesta en el plano corporal, vocal y actitudinal, afectando la credibilidad del mensaje.
En este sentido, el trabajo sobre la comunicación no puede reducirse al aprendizaje de técnicas oratorias. Requiere, en cambio, un proceso más profundo de autoconocimiento y alineación interna. La capacidad de comunicar con efectividad depende, en gran medida, de la posibilidad de integrar la propia historia, reconocer las propias creencias y construir una identidad profesional coherente.
A su vez, esta integración no implica eliminar las tensiones o contradicciones inherentes a la experiencia humana, sino reconocerlas y gestionarlas de manera consciente. En este punto, la formación en comunicación se configura también como un espacio de reflexión sobre el sí mismo, en el que el sujeto puede revisar sus marcos de interpretación y redefinir su posicionamiento en el mundo.
Finalmente, resulta fundamental recuperar la idea central que atraviesa este módulo: todos los individuos poseen algo para decir. No obstante, la posibilidad de que ese mensaje sea escuchado, comprendido y recordado depende de múltiples factores que exceden el contenido. La claridad del discurso, la coherencia interna y la capacidad de sostener una presencia auténtica constituyen condiciones necesarias para que la comunicación produzca impacto.
En síntesis, la oratoria no comienza en la voz, sino en la identidad. Y es en ese punto —en la articulación entre lo que se es, lo que se piensa y lo que se comunica— donde reside el verdadero desafío de la práctica comunicacional.
Bienvenidos, ahora si, formalmente a este espacio donde construimos nuestra identidad como oradores.
Referencias
Berger, P., & Luckmann, T. (1968). La construcción social de la realidad. Amorrortu.
Blair, R. (2008). The actor, image, and action: Acting and cognitive neuroscience. Routledge.
Cervino, C. O. (2016). La construcción de la identidad: una visión desde la Neurociencia. Revista Científica Estudios e Investigaciones, 5, 122–143.
Chiavenato, I. (2019). Administración de recursos humanos: El capital humano de las organizaciones. McGraw-Hill.
Damasio, A. (1999). The feeling of what happens: Body and emotion in the making of consciousness. Harcourt.
Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford University Press.
Kandel, E. (2006). In search of memory: The emergence of a new science of mind. W. W. Norton & Company.