Marco conceptual general: qué es comunicar, para qué y cómo opera la influencia
La comunicación puede definirse como un proceso mediante el cual los seres humanos construyen y comparten significados en interacción con otros. Lejos de ser un simple intercambio de información, implica una dinámica compleja de interpretación, mediada por factores cognitivos, emocionales y contextuales.
En este sentido, la comunicación constituye un fenómeno omnipresente que estructura tanto las interacciones cotidianas como los procesos sociales y cognitivos más complejos (Balbo Figueroa, 2024). Asimismo, puede entenderse como un proceso relacional a través del cual los sujetos expresan su visión de la realidad con la intención —consciente o no— de influir en otros (Yagosesky, s.f.).
Esto permite afirmar que comunicar no es transmitir “la realidad”, sino una interpretación de ella, construida desde la subjetividad de quien emite el mensaje.
La comunicación como un proceso
Los modelos tradicionales de comunicación, basados en la lógica emisor–mensaje–receptor, resultan insuficientes para explicar la complejidad del fenómeno comunicativo actual. Desde enfoques contemporáneos, la comunicación es entendida como un proceso dinámico, multidimensional, contextual e interpretativo (Yagosesky, s.f.).
A continuación, se desarrollan cada una de estas características:
2.1 La comunicación como proceso dinámico
La comunicación no es un acto estático ni lineal, sino un proceso en constante cambio. Se construye y reconstruye en tiempo real a medida que los interlocutores interactúan.
Esto implica que:
El mensaje no se mantiene fijo
Se adapta según la reacción del otro
Se modifica en función del intercambio
📌 Ejemplo:
En una reunión laboral, una persona presenta una idea. Si percibe desinterés en el grupo, puede cambiar el tono, agregar ejemplos o reformular el mensaje. Es decir, la comunicación se ajusta continuamente en función de lo que ocurre en la interacción.
2.2 La comunicación como proceso multidimensional
La comunicación no se reduce al lenguaje verbal. Involucra múltiples dimensiones simultáneas:
Verbal (lo que se dice)
Paraverbal (cómo se dice: tono, ritmo, volumen)
No verbal (gestos, postura, mirada)
Emocional (lo que se siente)
Estas dimensiones operan en conjunto y pueden reforzarse o contradecirse entre sí.
📌 Ejemplo:
Una persona dice “estoy tranquilo”, pero con voz temblorosa y mirada evasiva. El contenido verbal transmite calma, pero el resto de las dimensiones comunican lo contrario. El receptor tenderá a creer más en lo no verbal que en lo dicho.
2.3 La comunicación como proceso contextual
Todo acto comunicativo está situado en un contexto que condiciona su significado.
El contexto incluye:
El entorno físico
La situación social
La relación entre los interlocutores
Las normas culturales
Esto implica que un mismo mensaje puede tener significados distintos según el contexto en el que se emita.
📌 Ejemplo:
La frase “tenemos que hablar” no se interpreta igual:
en una relación de pareja
en una reunión con un jefe
en un contexto informal entre amigos
El contexto redefine el sentido del mensaje.
2.4 La comunicación como proceso interpretativo
La comunicación no depende únicamente de lo que el emisor dice, sino de cómo el receptor interpreta ese mensaje.
Cada persona interpreta desde:
su historia personal
sus creencias
sus experiencias
su estado emocional
Por ello, no existe una única interpretación posible de un mensaje.
📌 Ejemplo:
Un jefe dice: “Esto se puede mejorar”.
Un empleado puede interpretarlo como:
una crítica negativa
una oportunidad de crecimiento
una amenaza
La diferencia no está en el mensaje, sino en el sistema de interpretación del receptor.
3. Intencionalidad comunicativa
3.1 Definición de intencionalidad
Uno de los ejes centrales de la comunicación es la intencionalidad. El discurso no se reduce a su estructura lingüística, sino que articula la intención del emisor, la interpretación del receptor y el contexto en el que se produce (Pardo Rodríguez, 2020).
Desde la neurociencia, esta capacidad se vincula con funciones ejecutivas de la corteza prefrontal, que permiten planificar, adaptar y orientar estratégicamente el mensaje hacia un objetivo determinado (Pardo Rodríguez, 2020).
Por lo tanto, comunicar implica siempre una acción orientada. A continuación, se desarrollan las principales intenciones comunicativas con ejemplos aplicados:
3.2 Tipos de intencionalidad
a) Informar
La intención informativa busca transmitir datos, hechos o conocimientos de manera clara y comprensible, sin que necesariamente exista una intención explícita de modificar la conducta del otro.
Ejemplo de discurso:
“El proyecto va a comenzar el lunes próximo. La primera etapa va a durar tres semanas y va a involucrar a los equipos de administración y logística. Durante ese período, vamos a trabajar con un sistema piloto para evaluar resultados.”
En este caso, el foco está en claridad, orden y precisión.
b) Persuadir
La intención persuasiva busca influir en las creencias, actitudes o decisiones del otro, apelando tanto a argumentos racionales como a elementos emocionales.
Ejemplo de discurso:
“Si seguimos trabajando como hasta ahora, vamos a mantener los mismos resultados. Pero si nos animamos a implementar este cambio, tenemos la posibilidad de crecer y posicionarnos mejor en el mercado. No es solo una mejora: es una oportunidad.”
Acá aparece:
argumentación
contraste
proyección a futuro
c) Vincular
La intención vincular busca generar cercanía, confianza y conexión emocional con el otro. Es clave en liderazgo, trabajo en equipo y contextos educativos.
Ejemplo de discurso:
“Sé que este proceso no está siendo fácil para el equipo. Hay incertidumbre y muchas preguntas. Pero también quiero que sepan que estamos atravesando esto juntos y que cada uno de ustedes es parte fundamental de lo que viene.”
El foco está en:
reconocimiento
empatía
construcción de confianza
d) Posicionarse
La intención de posicionamiento implica mostrar una identidad, un rol o una autoridad en determinado contexto. Es clave en entornos profesionales.
Ejemplo de discurso:
“Mi enfoque de trabajo se basa en generar procesos claros y equipos que puedan sostener resultados en el tiempo. No busco soluciones rápidas, sino estructuras que realmente funcionen.”
Acá se comunica:
identidad profesional
criterio
forma de trabajo
e) Influir
La influencia es una intención más amplia que integra a las anteriores. No solo busca persuadir, sino generar un impacto concreto en la acción del otro.
Ejemplo de discurso:
“Quiero que hoy se vayan con una decisión tomada: o siguen haciendo lo mismo, o empiezan a diseñar el negocio que realmente quieren construir. Porque lo que no decidan hoy, lo van a seguir postergando.”
Esto incluye:
presión temporal
claridad de opciones
llamado a la acción
Cabe destacar que esta función de influir podemos verla en el desarrollo profesional de las redes sociales de todos los “Influencers” quienes en sus redes generan contenido: informativo - persuasivo - institucional o “de posicionamiento” - vincular.
4. Funciones de la comunicación
La comunicación, en tanto fenómeno humano complejo, no cumple una única función, sino que articula simultáneamente diversas dimensiones que operan de manera integrada en cada acto comunicativo. En este sentido, no es posible reducir la comunicación a la mera transmisión de información, ya que en todo intercambio intervienen procesos de expresión, vinculación e influencia.
Desde una perspectiva contemporánea, pueden distinguirse tres funciones principales: la función expresiva, la función relacional y la función de influencia. Estas no operan de manera aislada, sino que se entrelazan en cada situación comunicativa, configurando el sentido y el impacto del mensaje (Yagosesky, s.f.).
4.1 Función expresiva: la comunicación como exteriorización del mundo interno
La función expresiva refiere a la capacidad de la comunicación para exteriorizar pensamientos, emociones, percepciones y estados internos del sujeto. A través del lenguaje, el individuo no solo transmite información, sino que pone en juego su subjetividad.
Desde esta perspectiva, comunicar implica hacer visible una experiencia interna que, de otro modo, permanecería inaccesible para los demás. Sin embargo, esta exteriorización nunca es neutra ni completamente transparente, ya que se encuentra mediada por el lenguaje, la cultura y los marcos de interpretación socialmente construidos.
Asimismo, la función expresiva no se limita al contenido verbal, sino que se manifiesta en dimensiones paraverbales y no verbales, tales como el tono de voz, la gestualidad y la postura corporal. En muchos casos, estas dimensiones resultan incluso más reveladoras que el propio discurso.
📌 Ejemplo de discurso con intención expresiva:
“La verdad es que este proceso me genera incertidumbre. Hay muchas cosas que todavía no entiendo, y eso me incomoda. Pero también reconozco que es una oportunidad para aprender.”
En este ejemplo, el foco no está en influir en el otro ni en construir un vínculo específico, sino en expresar una vivencia interna, habilitando la comprensión del propio estado emocional.
4.2 Función relacional: la comunicación como construcción de vínculo
La función relacional refiere al papel de la comunicación en la construcción, mantenimiento y regulación de los vínculos interpersonales. Todo acto comunicativo posiciona a los sujetos dentro de una relación, definiendo roles, jerarquías, cercanía o distancia.
En este sentido, comunicar no es solo decir algo, sino también establecer un tipo de vínculo con el otro. La forma en que se expresa un mensaje puede fortalecer la confianza, generar cooperación o, por el contrario, producir tensión y distanciamiento.
Desde esta perspectiva, la comunicación constituye una herramienta central en la regulación de las dinámicas grupales y organizacionales, ya que a través de ella se construyen acuerdos, se negocian significados y se configuran identidades colectivas.
📌 Ejemplo de discurso con intención relacional:
“Sé que este momento puede generar dudas y que no todos tenemos las mismas certezas. Por eso me interesa escuchar sus opiniones y construir esto en conjunto.”
En este caso, el mensaje no se orienta únicamente al contenido, sino a la construcción de un vínculo basado en la apertura, la participación y la confianza.
4.3 Función de influencia: la comunicación como acción orientada al cambio
La función de influencia constituye una dimensión central de la comunicación, en tanto todo acto comunicativo implica, en mayor o menor medida, la intención de generar un efecto en el otro. Esto puede traducirse en la modificación de percepciones, actitudes, creencias o comportamientos.
Desde este enfoque, la comunicación se configura como una herramienta estratégica que permite orientar la acción de los otros. No se trata únicamente de persuadir en términos argumentativos, sino de generar condiciones para que el mensaje produzca impacto.
Tal como señala Yagosesky (s.f.), la oratoria implica la capacidad de influir en los pensamientos, emociones y conductas de quienes escuchan. Esta influencia no se produce exclusivamente a través del contenido racional del discurso, sino también mediante elementos emocionales, simbólicos y contextuales.
📌 Ejemplo de discurso con intención de influencia:
“Si seguimos haciendo lo mismo, vamos a obtener los mismos resultados. Pero si tomamos la decisión de cambiar hoy, podemos construir algo distinto. La pregunta no es si podemos hacerlo, sino si estamos dispuestos a hacerlo.”
En este caso, el mensaje busca generar una toma de decisión, apelando tanto a la lógica (causa–efecto) como a la responsabilidad individual.
4.4. Integración de funciones: la comunicación como fenómeno simultáneo
Si bien estas funciones pueden analizarse de manera diferenciada, en la práctica operan de forma simultánea. En un mismo discurso, un sujeto puede:
expresar una emoción (función expresiva),
construir cercanía con el otro (función relacional),
e intentar generar una acción (función de influencia).
Esta simultaneidad implica que la comunicación es un fenómeno complejo, en el que múltiples capas de significado coexisten y se refuerzan o contradicen entre sí.
📌 Ejemplo integrado:
“Entiendo que este cambio puede generar incertidumbre (expresiva), pero quiero que sepan que vamos a atravesarlo juntos (relacional). Y justamente por eso, necesitamos comprometernos desde hoy con esta nueva forma de trabajo (influencia).”
“No solo decimos cosas.
Nos mostramos, nos vinculamos y modificamos al otro en cada palabra.”
5. ¿Cómo opera la influencia en la comunicación? Un abordaje neurocognitivo
La influencia constituye una dimensión inherente a todo proceso comunicativo. Lejos de ser un elemento accesorio o intencional en sentido restringido, influir implica la capacidad de generar efectos en los sistemas de percepción, interpretación y acción del otro. En este sentido, la comunicación no solo transmite información, sino que interviene activamente en la configuración de la experiencia del receptor.
Desde la perspectiva de la neurocomunicación, la influencia no puede comprenderse únicamente a partir del contenido explícito del mensaje, sino que debe analizarse en función de cómo dicho mensaje es procesado por el cerebro. La recepción de un estímulo comunicativo activa una red compleja de procesos neuronales que integran percepción, emoción, memoria y cognición, dando lugar a una respuesta que no es meramente racional, sino profundamente situada en la experiencia previa del individuo (Balbo Figueroa, 2024).
En este marco, el cerebro no actúa como un receptor pasivo de información, sino como un sistema activo de interpretación. Cada mensaje es filtrado, organizado y resignificado en función de esquemas cognitivos previamente adquiridos, los cuales han sido construidos a partir de la historia personal, el contexto sociocultural y las experiencias acumuladas. De este modo, la influencia no se ejerce directamente sobre el contenido del pensamiento del otro, sino sobre los procesos mediante los cuales ese pensamiento se configura.
Esta idea se vincula con el concepto de construcción de sentido, según el cual el significado no reside en el mensaje en sí mismo, sino en la interacción entre el estímulo comunicativo y el sistema interpretativo del receptor. En consecuencia, un mismo mensaje puede generar respuestas divergentes en distintos individuos, en función de sus marcos de referencia, expectativas y estados emocionales (Barrientos-Báez et al., 2025).
Desde el punto de vista neurocognitivo, la influencia se produce a partir de la activación simultánea de múltiples sistemas:
5.1 Procesos perceptivos
Todo estímulo comunicativo es inicialmente procesado a nivel perceptivo. Esto implica la selección de información relevante en función de mecanismos atencionales. El cerebro no registra la totalidad de los estímulos disponibles, sino que prioriza aquellos que resultan significativos en función de su novedad, intensidad o relevancia para el individuo.
📌 Esto explica por qué:
un mensaje puede pasar desapercibido
o, por el contrario, captar rápidamente la atención
La influencia comienza en la captación atencional.
¿Qué es, en términos comunicacionales, lo que comercializan los influencers o las figuras públicas al promocionar una marca? Más que un producto en sí mismo, lo que se pone en juego es la atención de sus audiencias. En este sentido, el valor no reside únicamente en el contenido, sino en la capacidad de captar, sostener y direccionar el foco atencional de sus seguidores.
Este fenómeno puede observarse con claridad en el documental El dilema de las redes sociales (Netflix), donde se expone cómo las plataformas digitales operan a partir de la medición constante del comportamiento del usuario. Variables como el tiempo de visualización, la interacción (por ejemplo, “me gusta”, comentarios o compartidos) y la permanencia frente a determinados contenidos son utilizadas para construir perfiles de consumo altamente precisos.
A partir de estos datos, los algoritmos optimizan la selección de contenido que se presenta a cada usuario, priorizando aquello que resulta más atractivo o afín a sus intereses previos. Este proceso no solo incrementa el tiempo de permanencia en la plataforma, sino que también activa mecanismos de recompensa en el cerebro, generando circuitos de placer asociados al consumo de información.
Como consecuencia, se produce un fenómeno de retroalimentación en el que el usuario es expuesto de manera reiterada a contenidos similares, lo que puede reducir progresivamente su tolerancia a perspectivas divergentes. De este modo, la comunicación mediada por algoritmos no solo influye en lo que vemos, sino también en cómo pensamos y en la forma en que nos vinculamos con realidades distintas a la propia.
5.2 Procesos emocionales
Una vez percibido, el estímulo comunicativo activa sistemas emocionales que condicionan la interpretación posterior. Las emociones no son una respuesta secundaria, sino un componente central en la toma de decisiones y en la construcción de significado.
Tal como sostiene la neurociencia contemporánea, la evaluación emocional de un mensaje ocurre de manera rápida y, en muchos casos, previa al procesamiento racional. Esto implica que el impacto de un discurso depende en gran medida de su capacidad de generar una respuesta emocional en el receptor (Balbo Figueroa, 2024).
Un mismo dato presentado de forma neutra o acompañado de una carga emocional puede generar niveles de impacto completamente distintos.
📌 Ejemplo de presentación neutra:
“El 40% de los empleados manifestó niveles altos de estrés laboral en la última encuesta.”
En este caso, el dato es claro, preciso y objetivo. Sin embargo, su impacto es limitado, ya que no moviliza necesariamente una respuesta emocional ni genera urgencia en quien lo recibe.
📌 Ejemplo de presentación con carga emocional:
“Cuatro de cada diez personas de este equipo están trabajando con niveles de estrés que pueden afectar su salud. Esto no es solo un número: son personas que están llegando al límite.”
La influencia se sostiene en la activación emocional.
5.3 Procesos cognitivos e interpretativos
Posteriormente, el cerebro integra la información en función de esquemas cognitivos previos. Estos esquemas, construidos a lo largo de la experiencia, funcionan como marcos de interpretación que permiten organizar la información y otorgarle sentido.
En este nivel, intervienen procesos como:
comparación con experiencias previas
evaluación de coherencia
generación de inferencias
📌 Esto implica que:
no interpretamos lo que escuchamos
interpretamos lo que entendemos desde nuestro marco mental
La influencia se consolida en la interpretación.
Es por eso que conocer a tu público te dará más herramientas para anticipar la forma de interpretar, o el tipo de experiencias o conocimientos que poseen para generar un marco de interpretación.
5.4 Procesos de decisión y acción
Finalmente, la información procesada puede traducirse —o no— en una acción. Este pasaje de la interpretación a la conducta depende de múltiples factores, entre ellos:
la relevancia percibida del mensaje
la coherencia con creencias previas
el contexto situacional
la percepción de autoeficacia
En este punto, la influencia se manifiesta en su dimensión más visible: la capacidad de generar cambios en la conducta.
5.5 Resonancia y coherencia: condiciones de la influencia
A partir de lo desarrollado, es posible afirmar que la influencia no depende exclusivamente de la claridad o calidad del contenido, sino de la capacidad del mensaje de generar resonancia en el receptor.
La resonancia puede entenderse como el grado en que un mensaje logra alinearse con los sistemas de percepción, emoción e interpretación del otro. Esto implica que un discurso será más efectivo en la medida en que:
conecte con experiencias previas
active emociones significativas
se perciba como relevante
mantenga coherencia interna
(Barrientos-Báez et al., 2025)
En este sentido, la coherencia del emisor también cumple un rol fundamental. La falta de alineación entre el contenido verbal y los elementos paraverbales o no verbales puede generar ruido en el procesamiento del mensaje, disminuyendo su impacto.
6. Influencia y subjetividad
La influencia no puede ser concebida como un proceso unilateral. Lejos de implicar una imposición directa del emisor sobre el receptor, constituye un fenómeno relacional en el que ambos participan activamente.
El receptor no es un sujeto pasivo, sino un agente que interpreta, acepta, rechaza o resignifica el mensaje. En este sentido, la influencia se produce en un espacio intersubjetivo, donde convergen:
la intención del emisor
la estructura cognitiva del receptor
el contexto de interacción
(Ojeda, 2008)
No influís por lo que decís.
Influís por cómo el otro procesa lo que decís.
6.1 Comunicación e intersubjetividad
La comunicación humana no puede ser comprendida únicamente como un intercambio de mensajes entre un emisor y un receptor, sino que debe ser abordada como un proceso intersubjetivo en el que se ponen en juego múltiples dimensiones de la experiencia humana. En este sentido, la intersubjetividad constituye el espacio en el cual se construye el significado, emergiendo de la interacción entre sujetos que interpretan, negocian y resignifican la realidad.
Desde esta perspectiva, la subjetividad refiere a la experiencia individual, es decir, al conjunto de percepciones, emociones, creencias y representaciones que cada sujeto construye a partir de su historia personal. Sin embargo, dicha subjetividad no se desarrolla de manera aislada, sino en constante relación con otros. Es en este entramado relacional donde surge la intersubjetividad: un espacio compartido en el que las experiencias individuales se encuentran, se tensionan y se transforman mutuamente.
Tal como señala Ojeda (2008), la comprensión de los fenómenos humanos requiere articular tanto la perspectiva de primera persona —la vivencia subjetiva— como la de tercera persona —la observación objetiva—, incorporando una tercera dimensión que permite dar cuenta de la relación entre ambas. Esta dimensión intersubjetiva es la que habilita la comunicación, en tanto posibilita que los sujetos construyan significados compartidos sin perder la singularidad de sus experiencias.
En este marco, no es posible separar completamente el mensaje de quien lo emite ni de quien lo interpreta. El significado no reside en el mensaje en sí mismo, sino que emerge en la interacción entre los participantes del proceso comunicativo. Cada sujeto aporta a esa construcción desde su propio sistema de referencia, lo que implica que el sentido nunca está completamente determinado de antemano.
Esta concepción se vincula con la idea de que la comunicación es, esencialmente, un proceso de negociación de significados. Los interlocutores no solo intercambian información, sino que co-construyen una realidad compartida, ajustando sus interpretaciones en función de las respuestas del otro. En este sentido, la comprensión no es un acto automático, sino el resultado de un proceso dinámico de ajuste mutuo.
Desde la neurociencia, este proceso puede ser comprendido a partir de la integración de sistemas cognitivos y emocionales que permiten reconocer al otro como un sujeto con intenciones, estados mentales y perspectivas propias. La capacidad de atribuir estados mentales a otros —conocida como teoría de la mente— constituye un componente fundamental de la comunicación intersubjetiva, ya que permite anticipar reacciones, adaptar el discurso y construir sentido en relación con el otro (Pardo Rodríguez, 2020).
Asimismo, la intersubjetividad se encuentra profundamente ligada a la dimensión emocional de la comunicación. Los estados afectivos no solo son experimentados de manera individual, sino que pueden ser compartidos y modulados en la interacción. En este sentido, la comunicación no solo transmite contenidos, sino también climas emocionales que influyen en la interpretación y en la calidad del vínculo.
Esto implica que la comunicación no es un proceso neutral ni aséptico, sino una práctica situada en la que se configuran relaciones de poder, cercanía, distancia, autoridad y pertenencia. Cada acto comunicativo posiciona a los sujetos dentro de un entramado relacional, definiendo no solo qué se dice, sino también desde dónde se dice y para quién.
En consecuencia, comprender la comunicación desde la intersubjetividad permite superar visiones reduccionistas que la conciben como una simple transmisión de información. En cambio, la posiciona como un proceso complejo en el que el sentido se construye en la relación, a partir de la interacción entre sujetos que comparten —y al mismo tiempo negocian— sus marcos de interpretación.
No entendemos lo que el otro dice.
Entendemos lo que logramos construir con el otro
Conclusiones: comunicación, sentido e influencia
El recorrido desarrollado en este apartado permite afirmar que la comunicación constituye un fenómeno complejo que no puede ser reducido a la mera transmisión de información. Por el contrario, se trata de un proceso dinámico, multidimensional e intersubjetivo, en el cual los sujetos no solo intercambian mensajes, sino que construyen sentido en interacción.
Desde esta perspectiva, comunicar implica siempre una toma de posición. Todo acto comunicativo está atravesado por una intención —explícita o implícita— y orientado a generar algún tipo de efecto en el otro. En este sentido, la influencia no es un elemento accesorio de la comunicación, sino una de sus dimensiones constitutivas.
Asimismo, el análisis de la comunicación como proceso permite comprender que el significado no reside en el mensaje en sí mismo, sino en la interacción entre quien lo emite y quien lo interpreta. Cada sujeto procesa la información desde su propio sistema de creencias, experiencias y estados emocionales, lo que da lugar a múltiples posibles interpretaciones ante un mismo estímulo (Yagosesky, s.f.; Barrientos-Báez et al., 2025).
En este marco, la intersubjetividad adquiere un lugar central, ya que es en ese espacio relacional donde se negocian los significados y se construye una realidad compartida. Tal como señala Ojeda (2008), la comprensión de los fenómenos humanos requiere integrar la experiencia subjetiva con la observación objetiva, incorporando la dimensión relacional como núcleo del proceso comunicativo.
Por otra parte, los aportes de la neurociencia permiten profundizar esta comprensión al evidenciar que la comunicación activa sistemas neuronales que integran percepción, emoción y cognición. El cerebro no recibe pasivamente la información, sino que la interpreta activamente, generando respuestas que dependen tanto del contenido del mensaje como de su relevancia, su carga emocional y su coherencia con los marcos de referencia del receptor (Balbo Figueroa, 2024).
En consecuencia, la eficacia comunicacional no puede explicarse únicamente en términos de claridad o precisión del discurso. Un mensaje será significativo en la medida en que logre generar resonancia en el otro, es decir, en la medida en que conecte con sus experiencias, active procesos emocionales y se perciba como relevante dentro de su contexto (Barrientos-Báez et al., 2025).
Este enfoque permite superar visiones simplificadas de la comunicación y posicionarla como una práctica estratégica, en la que intervienen múltiples variables que deben ser consideradas de manera integrada. Comunicar no es simplemente “decir algo bien”, sino comprender cómo ese mensaje será percibido, interpretado y eventualmente traducido en acción.
En este sentido, el desarrollo de competencias comunicacionales implica no solo el dominio de herramientas discursivas, sino también la capacidad de leer contextos, reconocer intenciones, gestionar la propia expresión y comprender los procesos mediante los cuales los otros construyen significado.
Finalmente, es posible afirmar que la comunicación constituye una herramienta central en la construcción de vínculos, en la configuración de la realidad social y en el ejercicio de la influencia. Por ello, su estudio no solo reviste interés teórico, sino que adquiere una relevancia práctica fundamental en contextos profesionales, organizacionales y sociales.
Bibliografía
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