La rebeldía de seguir adelante
Una reflexión para el Día de la Mujer
Hace unos días, una muy querida amiga —una profesional brillante que estaba haciendo despegar su negocio— frenó de golpe. Y no fue un problema financiero, ni una mala decisión empresarial. Fue una persona perversa.
Un hombre que decidió convertirla en un objeto de su deseo y deshumanizarla, usando como excusa la profesión de ella.
No voy a entrar en detalles escabrosos. No es eso lo que me convoca a escribir. Lo que me moviliza es ver cómo una mujer fuerte, talentosa y con mucho por ofrecer al mundo se vio vulnerada al punto de poner en duda todo su trabajo y la vida que había construido hasta ese momento.
Quienes somos mujeres sabemos que estas experiencias, lamentablemente, no son raras. Son situaciones denigrantes que te hacen sentir expuesta, vulnerable, observada.
Más de una vez, cuando atravesamos situaciones de este tipo, sentimos ganas de desaparecer un poco del mundo. De refugiarnos donde sea. De no volver a exponernos.
A veces incluso aparece ese pensamiento antiguo, casi instintivo:
“Mejor me refugio en la seguridad de… de un…”
Y entonces aparece algo que resulta casi extraño decirlo en voz alta: de un ¡hombre!
Un marido, un padre, alguien que me proteja.
Y ahí es donde quiero detenerme.
Porque el miedo tiene una trampa muy peligrosa: nos devuelve a modelos viejos de existencia.
El miedo nos empuja a aceptar estructuras que creíamos superadas.
Nos devuelve a la lógica del machismo.
A la idea de que la mujer necesita protección para sobrevivir.
Y esa protección, si lo pensamos en términos reales de vida, de división de tareas y de organización económica familiar, muchas veces significa algo muy concreto: refugiarnos en un hombre o pareja que nos sostenga económicamente, o volver al amparo de la familia de origen.
Es un mecanismo de defensa muy humano. Cuando algo nos hiere profundamente, tendemos a retroceder hacia estadios anteriores de nuestra identidad para recuperar una sensación de seguridad.
Es entendible.
A veces incluso necesario.
Y no se trata de juzgarlo.
Pero quiero que quede claro algo:
No llegamos hasta acá para retroceder.
Durante siglos se nos enseñó que la mujer debía ser protegida. Las historias, las películas, los relatos culturales nos mostraban como damiselas en apuros esperando ser rescatadas.
Pero la realidad es otra.
Hoy las mujeres lideran empresas, investigan, emprenden, crean proyectos, generan empleo y transforman comunidades. Y sí, hacerlo implica exponerse y lidiar con un montón de personajes. Algunos de ellos, lamentablemente, espantosos.
Ser empleada, ser profesional independiente o crear una empresa siempre implica riesgos.
Implica salir al mercado.
Implica enfrentarse a la mirada de otros.
Y para muchas mujeres, además, implica algo más: atravesar conversaciones machistas, insinuaciones incómodas o intentos de ubicarnos en una posición de inferioridad.
La vida está llena de obstáculos.
Algunos vienen del mercado.
Otros de la competencia.
A veces incluso aparecen dentro del propio equipo o de la propia familia.
Y otros —lamentablemente— del machismo.
Pero no llegamos hasta acá para escondernos.
Y esto fue exactamente lo que le dije a mi amiga cuando me contó lo que había pasado.
“Vas a tener ganas de esconderte. Vas a pensar que sería más fácil no exponerte.
Incluso vas a fantasear con una vida más simple donde otro se haga cargo.
Pero no llegamos hasta acá para responder al miedo”.
Llegamos hasta acá para crear otro tipo de mundo.
Uno donde las mujeres no tengamos que elegir entre desarrollarnos profesionalmente o sentirnos seguras.
Uno donde el talento pese más que los prejuicios.
Uno donde el respeto no sea una concesión sino una condición básica.
Y cuando esas situaciones aparecen —porque aparecerán— no dejemos vencernos por el miedo. Curemos las heridas, y volvamos a mostrar de qué estamos hechas.
Seguiremos trabajando, creciendo y ocupando los espacios que históricamente nos fueron negados.
Porque cada mujer que se anima a avanzar, incluso después de haber sido vulnerada, hace algo más que sostener su carrera.
Abre camino para otras.
Así que hoy, en este Día de la Mujer, no voy a hablar de fragilidad.
Voy a hablar de rebeldía.
De esa rebeldía silenciosa que se ve todos los días en mujeres que estudian, trabajan, emprenden, lideran equipos, crean empresas y sostienen sus proyectos incluso cuando el entorno intenta frenarlas.
A ellas quiero decirles algo muy simple:
El miedo es real.
Las dificultades también.
Pero la determinación de las mujeres que están construyendo el mundo de hoy es todavía más grande.
Así que adelante.
Que vengan los desafíos.
Que vengan las conversaciones incómodas.
Que vengan los obstáculos.
Porque hoy festejo el recorrido que hemos hecho.
Celebro los logros conseguidos gracias a millones de mujeres que sostuvieron situaciones imposibles y sacrificaron todo para que hoy vos y yo podamos ser escuchadas, podamos salir a trabajar y podamos seguir haciendo camino hacia un mundo más justo para todos.
No bajes los brazos, mujer.
El camino que hoy recorremos fue abierto por millones que resistieron antes que nosotras.
Sigamos avanzando. Cura tus heridas y vuelve al frente. No te dejes apagar.
Porque cada paso que damos no es solo para nosotras: es para las que vienen detrás..