Muchas veces pensamos en la orientación vocacional como un momento propio de la adolescencia, cómo cuando egresamos de la secundaria y nos corría el tiempo para anotarnos en la facultad. Pero hoy te invito a pensar si lo que haces día a día refleja la vocación que imaginabas cuando pensabas en él ‘cuando sea grande ‘. Quizá alguna persona que lea estás palabras pueda asegurar que así es, pero para el resto de los mortales la verdad es que lo que nos imaginamos no es exactamente lo que vivimos profesionalmente en la actualidad.
Esto demuestra que también en la adultez, nos enfrentamos a decisiones cruciales sobre nuestro quehacer vocacional; venimos dando pasos en nuestra vida profesional, comandados por los impulsos de un principio lleno de anhelos e iluminaciones. Pero después de un tiempo eso que veíamos como meta puede que se nos venga encima y nos demos cuenta que no era el final sino el principio de una próxima etapa en nuestra vida. Es en este momento en el cual es necesario preguntarse ¿Y ahora para dónde sigo?
Un error común y que además nos angustia bastante es creer que la vocación es un destino fijo, una especie de llamada única que determina para siempre lo que vamos a hacer. Sin embargo, lo que nos movilizaba hace diez años puede no tener el mismo sentido hoy. Y está bien que así sea. La vocación es más bien un recorrido que se moldea con lo que aprendemos, con los desafíos que atravesamos, con el contexto que sin dudas nos deja huellas y con los sueños que nos animamos a perseguir. Es decir, se va construyendo y reconstruyendo a lo largo de la vida.
Repensar la vocación en la adultez no significa empezar de cero. Es, en cambio, integrar lo vivido y permitirnos explorar nuevas posibilidades. Esto se vuelve especialmente valioso cuando atravesamos cambios laborales, buscamos crecer en nuestra carrera, sentimos la necesidad de reinventarnos o simplemente queremos encontrar un sentido más profundo en lo que hacemos.
Hoy existen múltiples recursos para acompañar este proceso de redescubrimiento: espacios de coaching, mentorías, talleres grupales, tests de autoconocimiento, redes de networking. Pero lo esencial es que cualquier herramienta tiene sentido si nos conecta con lo que verdaderamente deseamos. En ocasiones, basta con detenernos un momento y preguntarnos si lo que estamos construyendo refleja quiénes somos hoy o si responde a una versión pasada de nosotros mismos. Tal vez también podamos imaginar qué conservaríamos y qué dejaríamos atrás si tuviéramos la oportunidad de renovar nuestra vocación. Y, sobre todo, preguntarnos qué significa el éxito en esta etapa de nuestra vida, entendiendo que esa respuesta cambia con el tiempo. Animarse a redescubrirse requiere valentía, pero es justamente esa decisión la que abre las puertas a nuevas formas de crecer.
Darse la oportunidad de revisar la vocación en la adultez abre múltiples beneficios: claridad para decidir, motivación renovada, sentido de propósito y coherencia entre lo que hacemos y lo que valoramos. Y, sobre todo, una mayor capacidad de adaptación en un mundo laboral cambiante, donde la reinvención ya no es excepción, sino parte de la vida profesional.
La vocación no se descubre una sola vez: se redescubre cada vez que nos preguntamos hacia dónde queremos ir. Atrevernos a repensar nuestro camino no es un signo de inseguridad, sino de crecimiento. Porque elegir y volver a elegir, en definitiva, es la manera más auténtica de asegurarnos de que lo que hacemos esté en sintonía con la vida que queremos construir y con la huella que deseamos dejar. Nunca es tarde para elegir de nuevo y darle a nuestra vocación la forma que hoy necesitamos.
Lucia Beaufils.