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La voz del liderazgo: gestión emocional e inteligencia comunicativa

Hablar no es solo transmitir información. Es exponerse. Cada vez que una persona toma la palabra frente a otros, pone en juego algo más profundo que un contenido: pone en juego su identidad, su historia y la forma en que aprendió a habitar la mirada ajena...

 La voz del liderazgo: gestión emocional e inteligencia comunicativa

 La voz del liderazgo

Capitulo 3:

Preceptos básicos del comunicador: gestión emocional e inteligencia comunicativa



Lic. Lucia Castello


1. La exposición como núcleo de la comunicación

Toda situación comunicacional implica, en algún nivel, exposición. Exponerse no solo en términos de contenido, sino en un sentido más profundo: exponerse como sujeto, como identidad y como historia. En este sentido, comunicar no se reduce a transmitir ideas, sino que implica poner en juego una construcción subjetiva que se manifiesta en la interacción con otros.

Hablar en público, por lo tanto, no consiste únicamente en organizar y expresar información, sino en asumir una posición frente a una audiencia que observa, interpreta, evalúa y responde. El comunicador no solo “dice algo”, sino que se presenta, se muestra y, en ese acto, se vuelve objeto de interpretación. Esta condición convierte a la comunicación en una práctica inherentemente relacional, en la que el sujeto no controla completamente el sentido de lo que emite, ya que este se construye en la interacción con el otro.

Desde esta perspectiva, resulta insuficiente comprender la comunicación como un proceso técnico de transmisión de información. Tal como se ha desarrollado en los apartados anteriores, la comunicación constituye un fenómeno complejo en el que intervienen dimensiones cognitivas, emocionales y sociales que condicionan tanto la producción como la interpretación de los mensajes. En efecto, el sentido no reside en el contenido en sí mismo, sino en la relación entre quien comunica y quien interpreta, enmarcada en un contexto determinado.

Los aportes de la neurocomunicación permiten profundizar esta comprensión. El cerebro no procesa la información de manera neutra, sino que integra estímulos, emociones y experiencias previas en la construcción del significado (Balbo Figueroa, 2024). Esto implica que toda exposición no solo organiza un discurso, sino que activa estados emocionales tanto en quien habla como en quien escucha, influyendo directamente en la forma en que el mensaje es percibido, interpretado y recordado.

Asimismo, desde una perspectiva intersubjetiva, la comunicación puede entenderse como un proceso en el cual las experiencias del emisor y del receptor se entrelazan en la construcción de un marco compartido de sentido. En este sentido, el significado no es un atributo fijo del mensaje, sino el resultado de una co-construcción situada (Ojeda, 2008). Esto explica por qué un mismo discurso puede generar efectos diferentes en distintas audiencias, dependiendo de sus marcos de referencia, experiencias previas y estados emocionales.

En este contexto, la exposición activa procesos emocionales intensos que pueden facilitar o bloquear el desempeño comunicacional. La dificultad no radica, en la mayoría de los casos, en la falta de conocimiento, sino en la incapacidad de sostener la propia voz frente a la mirada del otro. Esta respuesta emocional, asociada a la evaluación social, constituye la base del miedo escénico, que será desarrollado en los apartados siguientes.

En síntesis, comunicar implica exponerse, y exponerse implica gestionar no solo un contenido, sino también una identidad en relación con otros. Comprender esta dimensión resulta fundamental para abordar la comunicación no como una técnica aislada, sino como una práctica compleja que integra pensamiento, emoción y vínculo.



2. El miedo escénico como respuesta a la exposición social

Tal como se ha desarrollado previamente, toda situación comunicacional implica exposición. Esta exposición no se limita a la transmisión de contenido, sino que involucra la puesta en juego de la identidad del sujeto frente a la mirada del otro. En este sentido, comunicar no es únicamente decir, sino mostrarse: exponerse como sujeto, como historia y como construcción simbólica.

Hablar en público implica situarse en un escenario donde otros observan, interpretan, evalúan y responden. Esta condición convierte a la comunicación en una práctica inherentemente relacional, en la que el sentido no depende exclusivamente del emisor, sino que se construye en la interacción. Desde esta perspectiva, la exposición activa procesos emocionales intensos que pueden facilitar o bloquear el desempeño.

En línea con esto, la investigación “Técnicas de expresión oral: una forma de reducir el miedo escénico” (García Robles et al., 2021),  demuestra que el miedo escénico constituye una de las principales barreras en la expresión oral, afectando directamente la capacidad de pensar, organizar ideas y expresarlas con claridad. Los autores sostienen que, ante situaciones de exposición, los individuos experimentan ansiedad, bloqueo cognitivo y dificultades en la fluidez del discurso, incluso cuando poseen el conocimiento necesario para expresarse.

Este hallazgo resulta clave para comprender que la dificultad comunicacional no radica, en la mayoría de los casos, en la falta de contenido, sino en la interferencia de procesos emocionales sobre las funciones cognitivas. En efecto, el miedo escénico puede inhibir la capacidad de pensamiento, generando respuestas como angustia, preocupación o bloqueo frente a la necesidad de hablar en público (García Robles et al., 2021).

Desde una perspectiva neurocognitiva, esto puede explicarse a partir del impacto que las emociones tienen sobre las funciones ejecutivas. Tal como plantea Pardo Rodríguez (2023), la planificación del discurso, la anticipación de respuestas y la adaptación al contexto dependen de procesos asociados a la corteza prefrontal. Sin embargo, cuando el sujeto percibe la situación como amenazante, la amígdala (parte del sistema límbico) toma el control, desencadena la respuesta de lucha o huida y afecta la capacidad de organizar y sostener un discurso.

En este punto resulta fundamental comprender que el discurso no es una mera sucesión de palabras, sino una acción orientada por una intención. El comunicador no solo transmite información, sino que organiza estratégicamente su mensaje en función de un objetivo, adaptándolo según la respuesta del público, ya sea esta anticipada —en el diseño del discurso— o emergente, en la interacción en tiempo real.

En consecuencia, toda exposición requiere conciencia sobre cuatro dimensiones fundamentales:

  • Qué digo (contenido)

  • Cómo lo digo (forma)

  • A quién le digo (público)

  • Para qué lo digo (intención)

La ausencia de claridad en cualquiera de estas dimensiones no solo debilita la eficacia comunicativa, sino que incrementa la incertidumbre del sujeto, potenciando la activación emocional y, con ello, el miedo escénico.

Los resultados del estudio citado refuerzan esta idea al evidenciar que un porcentaje significativo de estudiantes presenta bajos niveles de confianza al hablar en público, así como síntomas de ansiedad vinculados a factores internos (pensamientos, emociones) y externos (evaluación, opinión del público) . Esto confirma que el miedo escénico no es un fenómeno aislado, sino una problemática extendida que impacta en el desempeño académico, social y profesional.

Asimismo, el estudio demuestra que la aplicación de técnicas de expresión oral —como el debate, la dramatización o la exposición guiada (prácticas que les propondremos clase a clase y en los foros)— permite disminuir significativamente estos niveles de ansiedad, incrementando la confianza y la capacidad de interacción de los estudiantes . Este hallazgo resulta especialmente relevante, ya que evidencia que la exposición, lejos de evitarse, debe ser entrenada.


3. Modos de exposición: control del discurso y del público

La comunicación oral en contextos de exposición no responde a una única lógica, sino que se configura a partir de diferentes modalidades que implican distintos niveles de control por parte del orador. Este control no se limita al contenido del discurso, sino que abarca también la relación con el público y la dinámica de la interacción.

En este sentido, resulta pertinente distinguir entre formas de comunicación más cerradas —tradicionalmente asociadas a exposiciones pasivas— y formas interactivas, en las que el discurso se construye en tiempo real junto al público. Sin embargo, esta distinción no debe ser entendida como dicotómica, sino como un continuo en el que varía el grado de participación del receptor en la construcción del mensaje.

El eje central para comprender estas modalidades radica en el nivel de control que el orador tiene sobre el discurso y sobre el público en cada situación comunicacional.




3.1. Comunicación pasiva: estructura, previsión y control del mensaje

En la modalidad pasiva, el orador mantiene un alto grado de control sobre el contenido, la secuencia y la forma del discurso. Se trata de exposiciones previamente diseñadas, donde la interacción con el público es limitada o no se produce en tiempo real.

Este tipo de comunicación se caracteriza por:

  • una estructura cerrada

  • una planificación detallada

  • una baja capacidad de ajuste en el momento de la ejecución

Ejemplos de esta modalidad incluyen clases grabadas, presentaciones institucionales o contenidos audiovisuales.

Sin embargo, es fundamental comprender que incluso en estas formas de comunicación el público no está ausente. Su participación se despliega en distintos momentos del proceso comunicacional:

  • En la fase de diseño, el orador construye el discurso en función de un público anticipado, definiendo lenguaje, tono, ejemplos y nivel de complejidad.

  • En la fase de ejecución, el mensaje se presenta de manera cerrada, sin intervención directa del receptor.

  • En la fase de validación, el impacto del mensaje se evalúa a partir de indicadores como la comprensión, la permanencia, las reacciones o las conductas posteriores.

En este sentido, la comunicación pasiva exige una alta capacidad de anticipación. El desafío no radica en gestionar la interacción, sino en diseñar un mensaje que pueda sostenerse sin ella.




3.2. Comunicación activa: adaptación, lectura del público y conducción

A diferencia de la modalidad pasiva, la comunicación activa se caracteriza por la construcción del discurso en interacción con el público. El orador no solo transmite información, sino que observa, interpreta y ajusta su intervención en función de las respuestas que recibe.

Este tipo de exposición implica:

  • una estructura flexible

  • una adaptación constante

  • una mayor exposición emocional

Ejemplos de esta modalidad incluyen clases en vivo, reuniones de trabajo, talleres y presentaciones con participación del público.

En estos contextos, el orador debe desarrollar la capacidad de leer:

  • señales verbales (preguntas, comentarios)

  • señales paraverbales (tono, ritmo, interrupciones)

  • señales no verbales (gestos, posturas, miradas)

La retroalimentación del público no es posterior, sino inmediata, y cumple una función reguladora del discurso.

En este sentido, el control del orador no desaparece, sino que se transforma: deja de centrarse exclusivamente en la estructura del contenido y pasa a ubicarse en la conducción del proceso comunicacional.




3.3. Comunicación como producto y como servicio

La diferencia entre ambas modalidades puede comprenderse también desde la lógica de los productos y los servicios.

La comunicación pasiva se asemeja a un producto en tanto:

  • se diseña previamente

  • mantiene estabilidad en su contenido

  • puede ser reproducida sin modificaciones

Por el contrario, la comunicación activa se aproxima a un servicio, ya que:

  • se construye en tiempo real

  • depende de la interacción con el público

  • su calidad está directamente vinculada a esa interacción

Esta distinción permite comprender que no todas las exposiciones requieren las mismas habilidades. Mientras que en una modalidad predomina la planificación, en la otra resulta central la capacidad de adaptación.




3.4. El público como co-constructor del discurso

Uno de los aspectos más relevantes para la práctica comunicacional consiste en reconocer que el público siempre forma parte del proceso, incluso cuando no interviene de manera sincrónica.

El receptor participa:

  • como referente implícito en el diseño del discurso

  • como espectador o interlocutor en la ejecución

  • como evaluador en la validación del mensaje

Esto implica que el discurso nunca se construye en soledad. Siempre está condicionado por la presencia —real o anticipada— de un otro.




3.5. Implicancias para el desarrollo del orador

Comprender estas modalidades permite al comunicador tomar decisiones estratégicas en función de su nivel de experiencia, sus habilidades y su estado emocional.

En particular, frente al miedo escénico, resulta fundamental:

  • reconocer el nivel de exposición que cada modalidad implica

  • identificar en qué contextos se tiene mayor control

  • elegir formatos que permitan sostener la comunicación sin bloquearse

En etapas iniciales, puede ser conveniente comenzar con modalidades más estructuradas, donde el orador pueda:

  • organizar su discurso con mayor previsión

  • reducir la incertidumbre

  • fortalecer su confianza

A medida que se desarrolla la práctica, el desafío consiste en avanzar hacia modalidades más interactivas, donde la comunicación se vuelve más compleja, pero también más potente.

En este sentido, no se trata de evitar al público, sino de entrenarse progresivamente para sostenerlo.

4. El orador: autoridad, poder y responsabilidad en la comunicación

Toda situación comunicacional en la que una persona toma la palabra frente a otros implica una configuración de poder. Este poder no debe entenderse únicamente en términos jerárquicos o formales, sino como una dinámica relacional que se construye en el propio acto comunicativo.

Desde la perspectiva de Foucault (1975, 1979), el poder no es una propiedad que un sujeto posee, sino una red de relaciones que atraviesa los vínculos sociales. El poder se ejerce, circula y se configura en la interacción. En este sentido, la comunicación constituye uno de los espacios privilegiados donde el poder se manifiesta y se reproduce.

4.1. El poder como relación y no como atributo

A diferencia de concepciones tradicionales, Foucault plantea que el poder no reside exclusivamente en una posición jerárquica, sino que se construye en la práctica. Esto implica que no es necesario ocupar un cargo formal para ejercer poder: basta con situarse en un lugar desde el cual se organiza la acción de otros.

En el contexto comunicacional, esto se vuelve evidente cuando una persona toma la palabra frente a un grupo. En ese momento, se configura una relación en la que:

  • uno habla

  • otros escuchan

  • uno conduce

  • otros siguen

Este orden no es natural, sino construido.

4.2. La autoridad como construcción simbólica e imaginaria

Uno de los aspectos más relevantes para la práctica del orador es comprender que la autoridad no siempre es real en términos formales, pero sí es efectiva en términos simbólicos.

Cuando una persona toma el micrófono en un contexto institucional validado —una clase, una conferencia, una reunión— se produce un fenómeno particular: el público le atribuye automáticamente un lugar de autoridad.

Esta autoridad:

  • no depende necesariamente del conocimiento real del sujeto

  • no requiere una legitimación explícita

  • se construye a partir del contexto y del rol asumido

Es, en gran medida, una autoridad imaginaria, sostenida por un acuerdo implícito entre los participantes de la situación.

El público escucha porque:

  • reconoce el encuadre institucional

  • acepta las reglas del espacio

  • deposita en el orador la función de conducción

En términos foucaultianos, podría decirse que el dispositivo (la clase, la conferencia, el escenario) produce las condiciones para que ese poder se ejerza.

4.3. Tipos de poder en la situación comunicacional

Retomando el enfoque de Foucault, es posible identificar diferentes formas de poder que operan en el acto comunicativo:

a) Poder institucional

Deriva del contexto en el que se produce la comunicación.

📌 Ejemplo:
 Un docente en un aula o un expositor en un congreso.
 👉 El entorno legitima su palabra.




b) Poder discursivo

Se vincula con la capacidad de construir sentido a través del lenguaje.

📌 Ejemplo:
 Un orador que logra ordenar ideas, generar claridad y sostener la atención.
 👉 El poder emerge del discurso.




c) Poder relacional

Se construye en la interacción con el público.

📌 Ejemplo:
 Un expositor que escucha, adapta y genera conexión.
 👉 El poder se sostiene en el vínculo.




d) Poder performativo

Se manifiesta en la puesta en escena: cuerpo, voz, presencia.

📌 Ejemplo:
 Un orador seguro, claro y coherente genera mayor adhesión.
 👉 El cuerpo también ejerce poder.




4.4. Implicancias para el orador: sostener el lugar

Comprender que la autoridad es en parte simbólica e imaginaria tiene implicancias directas:

  • El orador no debe “ganarse” el lugar desde cero.

  • El lugar ya le es otorgado por el contexto.

El desafío no es obtener autoridad, sino sostenerla.

Y esto se logra a través de:

  • coherencia entre discurso y conducta

  • claridad en la intención

  • capacidad de conducción

  • regulación emocional

Cuando el orador no sostiene ese lugar:

  • pierde el control de la situación

  • el público toma el espacio

  • se diluye la autoridad




4.5. Poder y ética: la responsabilidad del que conduce

Si el poder se ejerce en la comunicación, entonces el orador no es neutral. Su intervención impacta en:

  • lo que el grupo piensa

  • lo que el grupo siente

  • cómo el grupo actúa

Esto implica una responsabilidad ética.

El comunicador debe:

  • cuidar el clima del espacio

  • evitar el uso del poder para imponer o desvalorizar

  • promover el respeto y la participación

  • sostener una comunicación no violenta

En este sentido, liderar la comunicación no implica controlar al otro, sino crear condiciones para que el otro pueda participar sin ser vulnerado.

“El público te da el poder antes de que digas una palabra. Lo que hagas después define si lo sostenés… o lo perdés.”



5. Conducir al público: liderazgo en la oratoria y comunicación no violenta

5.1. La conducción como dimensión central del acto comunicativo

En toda situación comunicacional donde una persona toma la palabra frente a un grupo, se configura una dinámica que excede la transmisión de contenido. El orador no solo comunica, sino que conduce.

Conducir implica orientar la atención, organizar la interacción, sostener el encuadre y regular lo que ocurre en el espacio compartido. En este sentido, la oratoria no puede ser comprendida únicamente como una habilidad técnica, sino como una práctica de liderazgo.

Tal como se ha desarrollado en el apartado anterior, el público otorga al orador un lugar de autoridad que habilita esta conducción. Esta autoridad, aunque en gran medida simbólica, produce efectos concretos: el grupo escucha, espera, reacciona y se organiza en función de quien habla.

En consecuencia, el comunicador no solo es responsable de lo que dice, sino también de cómo se desarrolla la experiencia comunicacional en su conjunto.

5.2. ¿Qué significa liderar al público?

Liderar en contextos comunicacionales implica asumir la responsabilidad de:

  • dirigir la atención del grupo

  • organizar la participación

  • definir el tono emocional

  • sostener el foco del discurso

  • intervenir ante desvíos o tensiones

El liderazgo no se ejerce únicamente a través de órdenes explícitas, sino mediante la forma en que el orador se posiciona, habla, escucha y responde.

Esto se traduce en tres funciones centrales:

a) Función organizadora

El orador estructura el espacio comunicacional:

  • define cuándo hablar

  • ordena las intervenciones

  • establece tiempos y ritmos

b) Función emocional

Regula el clima del grupo:

  • contiene tensiones

  • habilita la participación

  • evita escaladas conflictivas

c) Función simbólica

Representa valores y modos de interacción:

  • lo que el orador hace habilita o inhibe conductas en el grupo

  • su forma de comunicarse se convierte en referencia

5.3. El público como sistema emocional

El grupo no puede ser comprendido como una mera suma de individuos aislados, sino como un sistema dinámico en el que circulan significados, emociones y formas de interacción que se configuran en el propio proceso comunicacional. En este sentido, toda situación de exposición implica no solo la transmisión de un contenido, sino la generación de un campo emocional compartido.

Desde la perspectiva de la neurociencia, este fenómeno puede explicarse a partir de la integración entre procesos cognitivos y emocionales. Tal como sostiene Damasio (1999), las emociones no son un componente accesorio del pensamiento, sino un elemento constitutivo en la toma de decisiones, la interpretación de la realidad y la acción. Esto implica que el modo en que un mensaje es recibido no depende únicamente de su contenido lógico, sino del estado emocional en el que se encuentra el receptor.

En contextos grupales, esta dimensión adquiere una complejidad mayor. Los estados emocionales no permanecen confinados al individuo, sino que se propagan a través de la interacción. La neurocomunicación ha demostrado que los estímulos comunicativos activan respuestas que combinan percepción, emoción y cognición, generando efectos que pueden amplificarse en entornos colectivos (Balbo Figueroa, 2024).

Este proceso puede ser comprendido como una forma de resonancia emocional, en la cual los estados afectivos de una persona influyen en los de los demás, configurando un clima compartido. De este modo, una exposición no solo transmite información, sino que produce un efecto emocional que impacta en la atención, la comprensión y la disposición del grupo.

Ahora bien, esta circulación emocional no es únicamente biológica, sino también socialmente construida. Desde la perspectiva de Berger y Luckmann (1968), la realidad se configura a través de procesos intersubjetivos, en los que los sujetos internalizan significados, normas y formas de interpretar el mundo. En este sentido, las emociones también se encuentran mediadas por marcos sociales que definen qué es apropiado sentir, cómo expresarlo y cómo responder frente a determinadas situaciones.

Esto implica que el grupo no solo comparte emociones, sino también formas de interpretarlas y organizarlas. El clima emocional de una situación no es espontáneo, sino que se construye en la interacción.

En este contexto, el rol del orador adquiere una relevancia central. Tal como se ha desarrollado desde la perspectiva foucaultiana, el poder no reside únicamente en estructuras formales, sino que se ejerce en las relaciones. Cuando el orador toma la palabra, se posiciona en un lugar desde el cual puede influir en la organización de la experiencia del grupo (Foucault, 1979).

Esto implica que:

  • el orador orienta la atención

  • el orador define el tono

  • el orador legitima ciertas formas de interacción

  • el orador habilita o inhibe emociones

En consecuencia, el comunicador no solo transmite información, sino que genera estados en el grupo.

Esta afirmación resulta clave para comprender la dimensión del liderazgo en la comunicación. Conducir al público no implica únicamente ordenar el discurso, sino también intervenir sobre el clima emocional colectivo.

Por ello, la conducción efectiva requiere:

  • reconocer qué está ocurriendo en el grupo

  • identificar emociones predominantes

  • intervenir para regularlas

  • sostener un encuadre que permita la comunicación

En términos prácticos, esto se traduce en acciones concretas:

  • desacelerar el ritmo cuando el grupo se encuentra saturado

  • generar pausas cuando la atención disminuye

  • validar emociones sin perder la conducción

  • reconducir situaciones de tensión sin escalar el conflicto

En síntesis, el grupo funciona como un sistema emocional que se organiza en la interacción. La comunicación no solo transmite significados, sino que produce estados que condicionan la forma en que esos significados son interpretados.

“No estás hablando frente a un grupo.

Estás interviniendo en un sistema emocional en movimiento.”

5.4. Conducción del público y comunicación no violenta: fundamentos y aplicación en la oratoria

La conducción del público en contextos de exposición no puede reducirse a una cuestión de dominio técnico del discurso, sino que implica la capacidad de gestionar simultáneamente contenido, vínculo y emoción. En este sentido, la comunicación no violenta (CNV), desarrollada por Marshall Rosenberg (2003), constituye un marco teórico y práctico que permite sostener el liderazgo del espacio comunicacional sin deteriorar la relación con el otro.

A diferencia de enfoques centrados en la evitación del conflicto, la CNV propone transformar la forma en que este se aborda. Parte de la premisa de que toda interacción humana está mediada por interpretaciones, emociones y necesidades, y que la calidad de la comunicación depende de la capacidad de reconocer estos elementos sin recurrir al juicio o la imposición.

Desde esta perspectiva, la comunicación no violenta se estructura en torno a cuatro ejes fundamentales:

  • Observación sin juicio, que implica describir lo que ocurre sin agregar interpretaciones o valoraciones subjetivas. Esta distinción resulta clave, ya que el juicio introduce sesgos que dificultan la comprensión del otro.

  • Reconocimiento de emociones, tanto propias como ajenas, entendiendo que las emociones no son un obstáculo, sino una vía de acceso a la experiencia del sujeto (Damasio, 1999).

  • Identificación de necesidades, que permite comprender qué está en juego en la situación comunicacional y por qué determinadas intervenciones generan determinadas respuestas.

  • Formulación de pedidos claros, orientados a la acción, que no implican imposición, sino dirección del proceso comunicacional.

En el contexto de la oratoria, estos principios adquieren una relevancia particular. Tal como se ha desarrollado previamente, el orador no solo transmite información, sino que conduce un sistema emocional en movimiento. En este sentido, la comunicación no violenta se convierte en una herramienta para sostener esa conducción sin generar ruptura en el vínculo.

Aplicar este enfoque implica, en primer lugar, modificar la forma en que se interpreta lo que ocurre en el grupo. Frente a situaciones que podrían ser leídas como problemáticas —por ejemplo, distracción o interrupciones— el orador debe evitar la reacción automática basada en el juicio. En lugar de afirmar “están distraídos”, puede describir la situación de manera objetiva y abrir un espacio de regulación: “Veo que hay conversaciones paralelas, ¿necesitan que retomemos o aclarar algo?”. Esta reformulación no solo evita la confrontación, sino que restituye el encuadre sin desautorizar al grupo.

En segundo lugar, la CNV propone sustituir la reacción por la indagación. Preguntar antes de asumir permite acceder a información relevante sobre lo que está ocurriendo en el grupo y evita interpretaciones erróneas. En este sentido, el orador no responde automáticamente, sino que se pregunta: ¿qué está pasando en este momento?, ¿qué necesita esta intervención?, ¿qué está intentando expresar el otro?

Este movimiento resulta coherente con la concepción de la comunicación como proceso intersubjetivo (Berger & Luckmann, 1968), en el cual el significado no está dado de antemano, sino que se construye en la interacción. Comprender esto permite al comunicador intervenir de manera más ajustada, evitando respuestas que intensifiquen el conflicto.

Asimismo, la aplicación de la CNV no implica renunciar al liderazgo. Por el contrario, supone sostenerlo con mayor claridad. El orador debe poder reconocer lo que ocurre, validar la experiencia del otro y, al mismo tiempo, mantener el encuadre necesario para que la comunicación avance. Esto implica una tensión constante entre apertura y dirección.

Por ejemplo, frente a una situación de duda o cuestionamiento, el comunicador puede expresar: “Entiendo que este tema puede generar preguntas, y es importante que aparezcan. Para poder avanzar, voy a continuar y después retomamos las intervenciones”. Esta formulación integra empatía y conducción, evitando tanto la imposición como la pérdida de control.

Otro aspecto central es la capacidad de acompañar diferentes perspectivas sin diluir el eje del discurso. El grupo no es homogéneo: cada participante interpreta desde su historia, sus creencias y sus expectativas. En este contexto, el comunicador debe poder escuchar sin invalidar, ordenar sin imponer e integrar sin perder foco. Esta habilidad resulta fundamental para sostener espacios donde la diversidad de miradas no derive en desorganización.

Estas competencias se vuelven especialmente críticas en situaciones complejas, como interrupciones constantes, desacuerdos o desorden grupal. En estos casos, el liderazgo del orador se evidencia en su capacidad de intervenir sin escalar el conflicto. Esto implica reconocer lo que ocurre, nombrarlo sin juicio, restablecer el encuadre y continuar con la conducción. Por ejemplo: “Veo que hay varias opiniones sobre este tema. Me parece valioso, pero para poder avanzar voy a ordenar las intervenciones”.

En este tipo de intervenciones se articulan múltiples dimensiones: la regulación emocional del grupo, la organización del espacio y el ejercicio del poder comunicacional. Tal como plantea Foucault (1979), el poder no se impone únicamente desde estructuras formales, sino que se ejerce en la capacidad de organizar la experiencia de otros. En la oratoria, esta organización se produce a través del discurso, pero también a través del modo en que se gestionan las interacciones.

En síntesis, conducir al público implica comprender que el orador no solo transmite contenido, sino que:

  • define el clima emocional

  • organiza la interacción

  • modela las formas de comunicación

Esto no implica controlar a las personas, sino crear condiciones para que la comunicación sea posible, clara y respetuosa. La comunicación no violenta, en este sentido, no es solo una técnica, sino un posicionamiento ético y estratégico que permite sostener el liderazgo sin perder el vínculo.


6. Herramientas de regulación emocional en escena

Cuerpo, respiración y foco atencional




6.1. La emoción no se elimina: se regula

Tal como se ha desarrollado en los apartados anteriores, la exposición activa respuestas emocionales intensas, especialmente vinculadas al miedo escénico. Estas respuestas no deben ser interpretadas como un obstáculo a eliminar, sino como una condición inherente al acto de comunicar.

Desde una perspectiva neurocognitiva, la emoción no es un elemento accesorio, sino un componente central en la organización de la conducta. En consecuencia, el objetivo del comunicador no consiste en “no sentir”, sino en regular lo que siente para poder actuar con eficacia.

La regulación emocional implica:

  • reconocer la emoción

  • comprender su manifestación

  • intervenir sobre su expresión

Este proceso permite transformar estados de activación (ansiedad, miedo) en recursos funcionales para la comunicación.

6.2. El cuerpo como primer indicador

La emoción se manifiesta antes en el cuerpo que en el pensamiento consciente. Por ello, el cuerpo constituye el primer indicador del estado emocional.

Entre las manifestaciones más frecuentes del miedo escénico se encuentran:

  • respiración acelerada o superficial

  • tensión muscular (especialmente en cuello, hombros y mandíbula)

  • rigidez postural

  • movimientos repetitivos o evitativos

  • alteraciones en la voz (temblor, quiebre, velocidad excesiva)

Estas señales no son errores, sino información.

El problema no es sentirlas, sino no registrarlas.

El primer paso en la regulación consiste en desarrollar la capacidad de observación corporal consciente.




6.3. La respiración como herramienta de intervención

La respiración constituye uno de los mecanismos más eficaces para intervenir en el estado emocional. A diferencia de otros procesos fisiológicos, puede ser regulada de manera consciente, lo que la convierte en una herramienta clave en situaciones de exposición.

Cuando el sujeto se encuentra en estado de activación:

  • la respiración tiende a ser rápida y superficial

  • el cuerpo se prepara para responder a una amenaza

  • se reduce la capacidad de sostener el discurso

Regular la respiración permite (primero oxignar la corteza prefrontal, encargada de la conducta planificada y por ende):

  • disminuir la activación fisiológica

  • recuperar el control del ritmo

  • estabilizar la voz

Qué hacer entonces si reconoces las señales en tu cuerpo: 
Antes de intervenir:

  • inhalar profundamente

  • sostener brevemente

  • exhalar de manera lenta y controlada

Durante la exposición:

  • hacer pausas conscientes

  • utilizar el silencio como recurso

  • evitar acelerar el discurso

 Respirar no es una pausa: es parte del discurso. Como veremos en futuros apuntes, en un discurso escrito, las comas deben acentuar las respiraciones necesarias para regular el impacto emocional que se quiere transmitir. 

6.4. Postura y presencia escénica

El cuerpo no solo expresa la emoción, sino que también puede modificarla. La postura corporal influye en la percepción que el sujeto tiene de sí mismo y en la forma en que es percibido por otros.

Una postura cerrada o tensa:

  • refuerza la inseguridad

  • limita la expresión

  • transmite incomodidad

Una postura abierta y estable:

  • favorece la proyección de la voz

  • transmite seguridad

  • facilita la conexión con el público

📌 Elementos clave:

  • pies firmes

  • eje corporal estable

  • hombros relajados

  • mirada sostenida

👉 El cuerpo no acompaña al discurso.
 El cuerpo es parte del discurso.




6.5 Regulación en escena: foco atencional, reencuadre y construcción del hábito

La regulación emocional en contextos de exposición no se reduce a una técnica puntual, sino que implica un proceso integrado en el que intervienen la atención, la interpretación de la experiencia y la práctica sostenida. En este sentido, uno de los fenómenos más frecuentes asociados al miedo escénico es el desplazamiento del foco atencional hacia el propio sujeto.

Cuando esto ocurre, el comunicador comienza a centrar su atención en aspectos autorreferenciales: cómo está siendo percibido, si está cometiendo errores o si su desempeño es adecuado. Este movimiento genera una sobrecarga cognitiva que interfiere en las funciones ejecutivas necesarias para la organización del discurso, afectando la claridad, la fluidez y la capacidad de adaptación (Pardo Rodríguez, 2023). En términos neurocognitivos, la atención deja de estar orientada a la tarea y se dirige hacia la autoevaluación, debilitando la eficacia comunicativa.

La regulación, en este punto, implica una reorientación deliberada del foco atencional. Esto supone desplazar la atención desde el yo hacia el propósito comunicacional, reorganizando la experiencia en función de dimensiones operativas:

  • del yo → al mensaje

  • del juicio → a la intención

  • del miedo → al propósito

Este cambio no elimina la emoción, pero modifica su centralidad. Al recuperar preguntas estructurales como “¿qué estoy diciendo?”, “¿para qué lo estoy diciendo?” y “¿qué necesita este público?”, el comunicador restituye el eje de su intervención. En este sentido, la atención deja de estar capturada por la autoimagen y se orienta hacia la acción comunicativa.

La atención no te vuelve importante: Lo importante es lo que provocás en el otro.

Este proceso se articula con la comprensión contemporánea del papel de la emoción en la conducta. Tal como sostiene Damasio (1999), las emociones no son un obstáculo para la racionalidad, sino un componente esencial en la toma de decisiones y en la organización de la acción. Desde esta perspectiva, el miedo escénico puede ser reinterpretado no como una señal de incapacidad, sino como un estado de activación.

El mismo estado fisiológico que se experimenta como ansiedad —aumento de la frecuencia cardíaca, activación muscular, mayor nivel de alerta— constituye, en términos funcionales, una preparación del organismo para la acción. El problema no reside en la activación en sí, sino en la interpretación que el sujeto realiza de ella. Cuando esta activación es leída como amenaza, se transforma en bloqueo; cuando es interpretada como preparación, puede ser utilizada como recurso.

Este proceso de resignificación puede entenderse como un reencuadre cognitivo, en el que el sujeto modifica la lectura de su experiencia sin alterar necesariamente su base fisiológica. Así, la expresión “estoy nervioso, no voy a poder” puede transformarse en “estoy activado, mi cuerpo se está preparando”, generando un cambio en la disposición hacia la acción.

Mi profesor de canto (cantante lírico del Teatro Colón) me decía: “El día que no me ponga nervioso antes de subirme al escenario, no va a valer la pena.” Y así es como cada vez que siento nervios o ansiedad antes de que encienda la cámara en la TV, antes de que la Radio encienda la luz que indica el: “al aire”, antes de que digan “Acción” en el corto, en el podcast de Emprendete, o cuando agarro el micrófono en un escenario o entro a un aula: Respiro hondo, cierro los ojos y pienso: Por qué hago esto: Y en mi caso, siempre es el mismo, desde que tengo 6 años. Quiero inspirar a otros a alzar su voz, a dar su opinión, quiero empoderar personas para que se animen a ser quienes son y a vivir de lo que aman hacer y por ende: ser. “Porque somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros” (Sastre)

Sin embargo, la regulación emocional no se consolida a través de la comprensión teórica, sino mediante la práctica sostenida. La repetición permite al sujeto reconocer patrones, ajustar conductas y construir nuevas formas de respuesta frente a situaciones de exposición. En este sentido, una única experiencia no define al comunicador: es la acumulación de experiencias la que configura la habilidad. 

Este proceso puede vincularse con los aportes de la neurociencia sobre plasticidad cerebral. Tal como señala Kandel (2006), los aprendizajes se consolidan a través de la repetición, generando modificaciones en las conexiones neuronales. En términos comunicacionales, esto implica que la exposición deja de ser un evento aislado para convertirse en un proceso de entrenamiento progresivo.

A su vez, este desarrollo se inscribe en una dimensión social. Tal como plantean Berger y Luckmann (1968), la realidad se construye intersubjetivamente a través de la internalización de experiencias. Cada instancia de exposición no solo modifica la conducta, sino también la autoimagen del sujeto como comunicador, reforzando o reconfigurando sus creencias sobre su capacidad.

En síntesis, la regulación en escena implica la integración de tres dimensiones fundamentales:

  • Emoción: reconocer qué está ocurriendo en el plano interno

  • Cuerpo: intervenir sobre la manifestación fisiológica

  • Discurso: sostener la intención comunicacional

El comunicador eficaz no es aquel que no experimenta miedo, sino aquel que puede reconocerlo, interpretarlo y, aun así, sostener su acción.



Bibliografía


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